La película -aunque en realidad es una secuela- comienza en un avión camino de Detroit. Hay un villano, un nigeriano de Al Qaeda (como no) y un héroe, un señor de Holanda. Hasta ahí todo bien, el problema, aunque parezca suficiente problema este, pasa después. Una vez reducido el animalito, y con el holandés entre vítores, se empiezan a escuchar corbatas repitiendo un mantra. "Hay que aumentar la seguridad". Es la excusa perfecta, un loco, un poco de pánico y la opinión pública preocupada para conseguir dar una vuelta de tuerca más a la ya de por si retorcida cuestión.

En ese momento nadie recuerda que la seguridad y la libertad son dos realidades que se comen mutuamente, cuando aumenta la primera la segunda se queda anémica. A los políticos les viene mejor la seguridad, que es sinónimo de miedo, porque el miedo nos convierte en irracionales (más aún) y el pueblo que no piensa siempre es una ventaja. El pueblo callado, que no exige libertad, es la gloria para quien manda.

Por eso dicen que en los aeropuertos se extremará y nadie parece alarmarse. No importa nada que ya sea bastante angustioso el control, que sentirse vigilado no sea el culmen de los buenos propósitos y que haya que dar cuentas a media docena de personas, siempre parecerán pocos a los ojos de algunos. Porían prometer también un policía en cada esquina, algo que sin duda nos daría un mundo menos duro. Alguno dirá que quien no hace nada malo no debe preocuparse de su seguridad, pero ese axioma es falso. Cuando miran tu correo, repasan tus movimientos con cámaras o te cachean, por muy bueno que seas, te están tratando como a un sospechoso.

Hay, además, una cuestión que nadie esgrime pero que está ahí. Los aumentos de la seguridad no valen de nada. Volverán a subir terroristas a los aviones, a los trenes y al metro y nada ni nade podrá pararles. No es una cuestión de estar más encima, es la imposibilidad de detener lo irremediable. Es incómodo, pero es así, no existen porras en el mundo para reducir el mal. Y sin embargo volverá a pasar, habrá otros intentos, otros villanos, otros héroes y la misma retahíla de corbatas pidiendo menos libertad.

2 comentarios:

Marta Arias dijo...

Acabo de soltarle a alguien un discurso bastante parecido. Me hace gracia la gente que sale entrevistada en Barajas y similares diciendo que bueno, que es una molestia, que no se sienten cómodos siendo cacheados, que se dispara el tiempo que hacen perder, pero que si es por seguridad... Me cuesta creer que seamos tan simplistas. ¿Dónde acaba la intimidad de la persona y empieza la seguridad colectiva? Porque qué quieres que te diga, a mí que me registren de arriba a abajo y me abran el bolso 20 veces me parece una intromisión en mi libertad y un insulto a la supuesta inocencia. ¿De verdad somos capaces de aguantar esto tragándonos el placebo de que "es por nuestro bien"? Indignada me encuentro...

Jorge García Torrego dijo...

El problema, es, en base, el odio. Y evidentemente este odio es algo atemporal y propio de la persona. Siempre habrá odio, siempre asesinos, siempre venganzas. Siempre ha habido politiquillos de tres al cuarto(Rubalcaba, por ejemplo) que han prometido acabar con ellos, pero el final es una resta simple. Millones de posibles terroristas - miles de policías y gente acusadora y metomentodo = Quedan y quedarán posibles terroristas(como tu, como yo). Cada vez las leyes son más irracionales. Acojonaos debemos estar.